La terrible historia del fotógrafo bondage que se convirtió en asesino serial - Fisura

lunes, 14 de noviembre de 2016

La terrible historia del fotógrafo bondage que se convirtió en asesino serial

Tener el corazón roto y andar por el mundo con el peso de un amor a cuestas puede transformarse con rapidez en un motor de acciones sumamente peculiar. Tanto en el ámbito de las artes como en el de la autoestima, haber sufrido una decepción afectiva es el pretexto perfecto para desatar iluminaciones de creatividad, trabajo, empeño, cariño y demás cosas que nos traerán uno que otro beneficio a mediano o largo plazo. No obstante, esto no sucede a cabalidad o como una norma inamovible. Hay quienes sepultan estos rasgos en lo más profundo de su ser para, después, convertir sus efectos desoladores en un complejo acto oscuro que puede devastarlo todo. Pensemos en esos personajes que el cine nos ha regalado y que no tienen nada que ver con el seductor American Psycho instaurado en nuestra imaginación; fijemos la mirada entonces en un Norman Bates o un John Doe de “Seven” (Fincher, 1995). Esos dementes que se han mantenido alejados de la relación humana y sembrado en su adentros una semilla de inseguridad, represión y envidia.


Justamente así fueron los inicios y declives en Harvey Murray Glatman. Un hombre norteamericano que se crió en Denver y presentó desde muy joven actitudes alarmantes para la comunidad en donde vivía; siendo un chico todavía, sus maestros y familiares identificaron en él una fascinación extraña por el dolor y el sexo femenino como en nadie más. Antes de alcanzar incluso la adolescencia, Harvey molestaba a las niñas de su generación y demostraba un prematuro despertar sexual que solía inclinarse hacia el sadomasoquismo, inquietando a la gente que le rodeaba y atemorizando a compañeros del colegio.



Sus fracasos sentimentales, ceguera en el romanticismo y aspecto físico fueron factores centrales para que su pecho fuera enfriándose cada vez más; transformando también la manera en cómo se vinculaba emocionalmente con el género opuesto y el tono en que veía la sexualidad humana.

Con una infancia solitaria y muy confusa, Glatman alcanzó la juventud y con ella, cierta imposibilidad para acercarse a las mujeres. Su complejo de inferioridad no le permitía relacionarse con ellas. Comenzó a escabullirse en habitaciones de chicas que encontraba atractivas para robarles prendas íntimas y sentir que podía estar próximo a alguna de ellas. Claro, gracias a esto, su fama entre padres y compañeras de escuela se tornó despreciable –cuando no sombría– ocasionando aún más el repudio del pueblo.




Todo se tornó violento cuando una mañana Harvey salió de casa con una pistola de juguete y esperó a la primera joven que se atravesara por su camino. Ansiaba con todo su ser el encontrarse con una mujer conocida, alguien a quien pudiera disfrutar visualmente en un estado de vulnerabilidad, pero las cosas sucedieron distinto. Tuvo que conformarse con cualquiera. Esa pobre chica que tuvo el infortunio de pasar ante los ojos de este maniático terminó acorralada en un callejón, desnuda, sollozante y nerviosa. Glatman no le tocó ni un solo cabello, verla en tal situación fue suficiente, pero ocasionó en su víctima un trauma irreversible. En él, la génesis de un depravado asesino.

Habiéndose mudado más tarde a Nueva York como un medio de escape para sus más extravagantes fantasías, fue reconocido entre el cuerpo policiaco y vecinos como “El bandido fantasma”. Un hombre que no violaba a las mujeres que abordaba y que no dejaba ni el más mínimo rastro de forcejeos o golpes.



Las prácticas de este criminal se volvieron ensayo tras ensayo, en escenarios donde él sentía una fuerte urgencia por atar a sus martirizadas mujeres y fotografiar las consecuencias del atropello. Armó una suerte de álbum gráfico donde el registro de sus atrocidades se coleccionaban una detrás de otra y dibujaban una línea de perfeccionamiento tanto en sus técnicas artísticas como en sus estrategias vandálicas. Glatman empezó a ser reconocido como ese enfermo mental que capturaba en imagen sus propios delitos.



Y no hablamos de cualquier captura, por supuesto. Sino de una que paulatinamente fue encontrando su identidad en las figuras de dominación, la mirada de dolor, las herramientas de supremacía y las prácticas de un placer punzante. En un tenor propio del BDSM y el fetichismo de la tortura, esta mente siniestra se volcó hacia una fotografía erótica que sirviera como primer paso para sus delitos.

En alguna ocasión, Harvey fue sorprendido y capturado tras realizar uno de sus infames ataques, haciéndose acreedor a 5 años de prisión por los actos imputados. Ese periodo no fue suficiente para que mejorara su comportamiento o recapacitara en cuanto a sus acciones, claramente. En 1957, involucrado de lleno en un negocio de reparación de televisores que “le devolvería” una participación sana en la sociedad, este sujeto hizo de la fotografía una afición que lo vinculaba de nuevo con sus viejos y bestiales actos.




Glatman contrataba guapas e inexpertas modelos bajo el pretexto de fotografiarlas para portadas de moda o revistas de detectives, pero lo que en verdad hacía, muy a pesar de sus múltiples esfuerzos por reinsertarse en la humanidad, era amordazarlas y satisfacerse sexualmente con el vestigio visual de sus tomas.

Poco a poco la idea de poder tocar a alguna, de hacerla completamente suya, invadió los pensamientos de este maniaco. Mediante el mismo proceso de anunciarse como un fotógrafo editorial, logró cobrar la vida de varias chicas como Judy Dull, Shirley Ann Bridgeford y Ruth Mercado. Siendo la primera de ellas la mujer de quien mejor registro se tiene durante su supuesta sesión artística, a lo largo de los múltiples asaltos sexuales y al dejar su cuerpo sin vida. Dichas fotografías, que al comienzo mostraron un exagerado histrionismo en el rostro de la modelo y terminaron con el verdadero horror en los ojos de la chica, son la evidencia más espantosa que pudo haber quedado de los asesinatos perpetrados por Harvey.



En su último intento, cuando pretendía atacar brutalmente a Lorraine Vigil, sus esfuerzos fueron frustrados por la fuerza de la víctima y sus instintos de supervivencia. Todo se unió en tal situación para su captura: un oficial atravesando justo el momento del crimen, la urgencia de escapar por la chica secuestrada y la propia estupidez del asesino.

Tras su captura, la policía visitó la casa del supuesto fotógrafo. Se trataba de un pequeño y deplorable búngalo color blanco, con barrotes de acero en las ventanas. Al ingresar, los oficiales encontraron cientos de fotografías de mujeres desnudas y atadas, en diversas poses explícitamente sexuales. El peculiar gusto por el bondage y el masoquismo de Harvey se desenmascaraba ante la ley.



Durante su procesamiento Glatman confesó sus delitos, guió a la policía hacia los lugares que le incriminaban y aceptó con determinación su pena de muerte. Pudiendo alegar enajenación mental o inconsciencia de sus actos, prefirió morir de una vez a pasar años en una cárcel. La enorme colección fotográfica que el asesino hizo a sus víctimas, antes y después de violarlas y asesinarlas, impactó al jurado y hoy se mantiene como uno de los exhibitsmás perturbadores de la cultura norteamericana.

Harvey Murray Glatman fue ejecutado el 18 de septiembre de 1959 dejando atrás una serie de fotos que bien podrían considerarse hoy snuff o un extremo más de la perversión humana.



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