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» » » » Cara de Fuego de la compañía Los hijos de la China / Buenísima




por Arturo LedeZma

Mientras veía Cara de Fuego se me vino inevitablemente a la cabeza un poema de Juan Luis Martínez con esos versos repetitivos y conducentes que dicen "Esta casa no es grande ni pequeña / pero al menor descuido se borrarán las señales de ruta / y de esta vida al fin, habrás perdido toda esperanza". La familia como punto central de una obra es para nuestra generación una secreta incitación de batalla. Sobre todo para los que nacimos comprendiendo que las valoraciones familiares están hoy en día cada vez más lejos de lo que ocurre una vez que sales de casa. La obra, escrita por Marius Von Mayenburg, está muy bien adaptada para un Chile de este tiempo y aún sumándole chilenismos y restándole los tonos originales de una familia europea que ha de tener la versión original, funciona al 100 como retrato de una sociedad que se mira y se critica a partir de la intimidad de los personajes. La dirección de Daniel Cartagena es un acierto.  

Cara de fuego es una obra que tensa la construcción familiar precisamente desde sus prototipos clásicos, los mismos que podemos encontrar en cualquier fotografía de casa comercial [Padre, Madre, Hijo, Hija - Pololo], sin embargo lejos de construir un discurso que pretende dar con un final feliz está constantemente empujando al caos con una incitación que pasa por el absurdo y por la caricatura hasta llegar a un desborde agresivo y rotundo como la vida misma. 

El montaje realizado por Los hijos de la China es impecable, bien cuidado, inteligente en cada uno de sus detalles y logra entregar con frialdad un discurso que, en cualquier otro caso, podría irse a negro. Las actuaciones son francamente impecables y siempre podemos ver en cada uno de ellos a personajes que reconocemos en cualquier parte y en nosotros mismos, ya que no están configurados desde el intento de darnos una lección de vida y mucho menos como una advertencia, sino que muestran una realidad cotidiana pero feroz, tan similar a la de cualquier familia que íntimamente está a punto de irse a la mierda. 


Uno por uno:

Diego Acuña (Kurt): Fantástico. La interpretación es notable y sostiene la obra de una manera impecable. El típico hermano, el típico pendejo que siempre da la impresión que va a dejar una cagá de proporciones. Diego Acuña es un tremendo actor que logra hacer crecer en intensidad a un personaje que pasa de la timidez a la rabia sin caer en el estereotipo del cabro chico, sino que consigue arremeter con un personaje que me hizo recordar la ternura y enajenación social que uno puede ver en películas como El Club de la pelea o Requiem por un sueño. Brillante. 

Natalia Bronfman (Olga): Bronfman tiene el beneficio de hacer parecer normal todo aquello que en un programa de servicios tildarían de insano. Desde el incesto hasta el arribismo pasan por ella sin que jamás se caiga en el juicio moral. De esta manera la obra puede resolverse sin generar culpables aún cuando por ella se gatillan los conflictos ya que en ella están el deseo, la ilusión y la pérdida de una sociedad constituida por estímulos visuales que se quiebran en cuanto se consiguen. 

Daniela Jofré (Madre): Impecable. La madre que maneja el pulso de una familia a pesar de que esa familia esté tendiendo a la desintegración. Daniela Jofré logra recrear esa mirada materna que si bien sabe que las cosas van cayendo se esmera en tener todo tal y como las imaginó y sirve el almuerzo a pesar de que a su alrededor nada funciona y, peor aún, se desintegra. En ella hay muchas madres. 

Roberto Pavez (Padre): La paternidad como objeto de uso. Pavez consigue dar con ese padre que siempre está a un lado, silencioso, estúpido, aburrido, y que desilusiona constantemente a su familia porque jamás logra dar con el rol autoritario y se adapta desde su soledad a lo que ocurre sin dar cuenta o interceder de manera correcta para que el rumbo cambie. El Padre es la imagen viva de la insensatez de un tiempo que pasa por encima de los roles y los diluye. 

Cristian Soto (Paul): Genial. El personaje de Paul tiene todas las características de una sociedad santiaguina que se resumen inteligentemente en la interpretación de Soto quien, con una destreza y un manejo impecable, logra ponernos en frente del clásico barza que uno se encuentra en la micro o en la fila del banco y de paso nos entrega una visión precisa de un héroe masculino que no tiene ni por donde. Un actorazo. Brillante.   


Vayan a verla, búsquenla, porque Cara de fuego es de esas obras que devuelven las ganas de ir a ver un teatro que no pretende hacer reír ni de mostrar clichés para entretener a un público, sino que presenta en escena una realidad que, precisamente por incómoda y atroz, te obliga a comprender que muchas veces en la intimidad de una casa se oculta una versión pequeña y latente de una sociedad que está a punto de estallar a lo bonzo. 




fotos: Arturo Ledezma / Fisura.cl
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About the Author Arturo Ledezma

Editor, fotógrafo, escritor en medios, el resto es ego .

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