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por Arturo LedeZma


Ayer partió el festival Santiago a Mil y me tocó cubrir el lanzamiento oficial que se realizó en la Quinta Normal con los alcaldes y todo esa chimuchina que no es nada nuevo (fotos de rigor, jugo en sobre ocultos en botellas gordas, canapés de pasta de pimiento y lechuguita, camarógrafos hambrientos, periodistas mosca; una cuota lánguida de ese glamour chileno que es siempre tan macabro y con fonola, palabras de honor de alguien de la organización, productores amables que corren de un lado a otro y sudan desastrosamente y de fondo un globo enorme que dice FITAM, inflado por un generador eléctrico, no sé pa qué). Eso fue a las doce del día. Sudé. Me di una vuelta loca en la tarde y luego me fui corriendo a ver la obra El Taller de la compañía La Fusa, dirigida por Marcelo Leonart y escrita por Nona Fernández. Y me gustó. 

Hablar bien de esta obra es medio barza a estas alturas. Primero porque se estrenó el año pasado (entre medio ganó un premio Altazor) y segundo porque ya tiene varios meses dando vuelta y sacando aplausos. Así que probablemente decir que es buena no sea nada nuevo. Sin embargo nunca está de más. Y no está de más precisamente porque a veces en Chile nos olvidamos de una cosa importante: aplaudir lo bueno aunque suene repetido. Además de que viendo la obra sentí que había, más que una reflexión, una conversa de por medio y cuando un texto dramático logra conversar con un público es tarea doblemente ganada porque no consiste en ver un espectáculo así no más, sino que te toca la oreja o te saca a bailar, pero no te deja ahí, quieto, con cara de pausa. 

Según yo la gran dificultad del teatro actual radica en dos puntos esenciales que son: encontrar buenos actores y escribir muy bien un texto y, en el caso de El Taller, se cumple que hay una unión de ambas cosas. Actuaciones impecables, de esas que uno se siente agradado de ver y en la que los hilos no se dejan ver jamás mostrando el truco (me saco el sombrero con la actuación de Francisco Medina que interpreta a un cola tan parecido a un amigo mío que me dio risa, gran actor, no le conocía, sorry por lo huaso), todas las actuaciones sumadas con precisión a un libreto inteligente y dialogante en el que se agradece (lo digo a modo personal) que no esté lleno de esos silencios menopáusicos o parlamentos poéticos charcha que de repente aparecen en las obras, llenos de esa moralina como de canuto en trip de pasta base y con un actor en posición de arrebato místico. Primer dedito pa arriba.

Me pasó además de que me di cuenta que estamos en un tiempo en el que ya podemos reírnos de nuestras desgracias al mismo tiempo que podemos decir con todas sus letras y sin quitarle una gota de sangre la palabra tortura. Porque los personajes retratan el horror y la estupidez de una porción grande de nuestra sociedad que aún vive metida de cabeza en el cuento histórico pelotudo que nos heredó la derecha. Esa que dice junta militar o pronunciamiento antes que golpe; que tiende a evitar la palabra roto pero que deja correr con libertad el término primer quintil, como si la tristeza, la pobreza o la periferia fueran un dato estadístico. Acá se retrata con dureza una tortura y también la plasticidad snob tontorrona del cuico facho de esa época que se hizo el weón y fue weón cada vez que en un apagón alegaba por lo poco que duraban las pilas y cuando creía que los muertos andaban de paseo en Buenos Aires. 

Toda la obra ocurre en una casa y no cualquier casa sino en la casa de Mariana Callejas y precisamente en medio de su taller literario que funcionaba en ese lugar que unía la literatura con la tortura y con la acción acomodada de esos cuarteles de mierda que estaban por todas partes en Santiago durante los ochentas. Los personajes se mueven entre el ridículo arribista de una clase social que siempre ha mirado la realidad con filtros en tonos pasteles y bailan y escriben y hablan y se pajean mientras los símbolos de la dictadura están constantemente apareciendo ante los espectadores como subtítulos horrendos y aún ellos siguen bailando y escribiendo cada cual su historia absurda o patética o triste mientras nosotros en frente nos levantamos de la silla un poquito con ganas de señalar algo o tirar una chuchada. Seis personajes que de vez en cuando nos sacan a nosotros mismos una risa nerviosa porque sabemos que todos tenemos escondidos, igual que ellos, una muletilla, un maricón, un muerto, una obsesión, un sueño estúpido, un prejuicio facho o de repente hasta un crimen y nos hacemos los locos, pasamos de largo, y tiramos la pelota al córner para que otro se haga cargo. Por eso es que me gustó ir a ver El Taller, porque me afectó, me hizo reír y me dieron ganas de volver a pegarme el viaje por ese espacio íntimo de una casita pituca en Lo Curro. Te recomiendo verla aún cuando quedan tres funciones y si no alcanzas ojalá la presenten pronto otra vez y la veas (¿cómo se dice en teatro "pídala a su operador de cable"?). 

Sigue el FITAM y espero poder toparme con más obras de este nivel, así con escrituras limpias, con direcciones como balazos, con actores que no aprendieron a actuar únicamente por ponerse medias máscaras de papel maché sino interpretando. Entreteniendo, emocionando, aniquilando a tipos como yo que no queremos ni recetas artísticas de cantina ni masturbaciones espectaculares con Chejov sino una buena razón para salir de casa y entrar a una sala que te permita salir de ella con algo que contar al llegar a casa. Segundo dedito pa arriba.


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About the Author Arturo LedeZma Martìnez

Editor, fotógrafo, escritor en medios, el resto es ego .

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